Entre encapsulamientos y balas (1/3)

Este artículo conjunto entre el Centro Feminista de Investigación Social  y Gender Issues, tiene como objetivo abordar la actuación policial en relación con las marchas feministas que se realizaron en 2020. Consideramos que es necesario hacer un cierre sobre lo que se vivió este año en relación a la respuesta del Estado hacia las manifestaciones feministas y de mujeres, porque hubo eventos que no pueden quedar en el olvido y porque creemos que cargan consigo una serie de interrogantes y demandas que seguirán profundizándose en los siguientes años. Debido a que hay varios subtemas sobre los que quisiéramos reflexionar sobre las instituciones policiales desde una perspectiva feminista, esta reflexión se dividirá en tres series. Este artículo es el primero de ellas.

Apagar con fuego un incendio

Salgo del metro Zapata, una policía de la Ciudad de México se me acerca y me pregunta “¿usted va a la marcha de hoy?, “sí, para allá voy”, “ah ok”. Ese día de febrero me dirigía al periódico Reforma para protestar por el caso de Ingrid Escamilla, feminicidio que captó mucha atención mediática por diversas razones, entre ellas, la filtración de la escena del crimen y su difusión en medios. Una vez más, periódicos, revistas, canales de televisión mostraron una nula empatía y ética profesional para comunicar casos como estos.

Me llamó la atención que las y los policías de la Ciudad de México estuvieran tan al pendiente de los contingentes que se reunirían ese día. Partiríamos del diario Reforma para después trasladarnos a la Antimonumenta enfrente de Bellas Artes. En el traslado, un grupo de policías nos siguieron todo el trayecto en el metro hasta llegar al centro. Con ganas de que las y los policías  te escoltaran así durante trayectos de noche en los que te sientes amenazada, pero sabemos que eso tampoco es solución, empezando por la poca confianza que tenemos en las autoridades, pero eso es otra historia. En este caso, este “acompañamiento” por parte de policías hasta llegar al centro se me hizo a todas luces invasivo.

Llegando allá, vaya sorpresa, un despliegue policial bastante imponente. Calles y calles repletas con patrullas y policías a la espera de recibir algún tipo de orden. Me parece que este era un ejemplo de lo que podría esperarse este año.

La imagen puede contener: una o varias personas, multitud y exterior
Foto: La Izquierda Diario

El 8 de marzo se caracterizó igualmente por un despliegue policial desmedido, bardas y bardas cubriendo monumentos y la obstaculización por parte de las policías para que las manifestantes llegaran al Zócalo. Yo recuerdo que ese día fue extremadamente agotador porque llegamos a estar paradas sin movernos por horas. Por supuesto que las vallas metálicas colocadas en el eje Central Lázaro Cárdenas inhibieron la llegada de las manifestantes a Plaza de la Constitución.

No fue la primera ni última vez que se presentarían este tipo de medidas. Posteriormente, siguieron otras manifestaciones en las que se vieron este tipo de reacciones por parte del gobierno. El 28 de septiembre, día de acción global por un aborto legal y seguro, se caracterizó por el encapsulamiento que realizó la Secretaría de Seguridad Ciudadana de la Ciudad de México de un grupo de manifestantes por un lapso muy prolongado de tiempo.

Foto: María Luisa Severiano
Suárez del Real asegura que no encapsularon a manifestantes; Amnistía Internacional lo contradice
Foto: EFE

Después, en noviembre de este año (2020) se dieron otros casos similares. Uno fue la manifestación convocada por colectivos feministas y estudiantes del Instituto Politécnico Nacional (IPN) que protestaron en contra de violencia de género y acoso dentro de esta institución. En esa ocasión se dio a conocer que elementos de la Secretaría de Seguridad capitalina, específicamente el grupo de las Ateneas, igualmente encapsuló por horas a las manifestantes. Se comenta que, en esa ocasión, el despliegue fue de alrededor de mil policías para responder a una manifestación de alrededor de 30 mujeres. El 25N no fue distinto, igualmente se llevó a cabo un encapsulamiento por parte de la policía. Y así como estos, se dieron otros casos en la Ciudad de México.

Ahora, lo anterior es solamente mencionando algunos casos de la capital; sin embargo, se dieron a conocer muchos otros a lo largo del país en los que las policías municipales y estatales actuaron de manera desmedida y represiva en contra de las manifestaciones feministas. Por mencionar un ejemplo, la concentración llevada a cabo en Cancún en noviembre, la cual concluyó en disparos por parte de la policía municipal, dejando a varias personas heridas y detenidas.

Foto: Cuartoscuro

Otro ejemplo ocurrió en León, Guanajuato, cuando en agosto se llevó a cabo una manifestación en reacción al caso de Evelyn, una joven que denunció ser víctima de acoso sexual y de tocamientos por parte de la policía. La manifestación derivó en la detención de más de veinte mujeres, entre las cuales denunciaron violencia física, verbal y sexual por parte de las y los agentes de la policía. O sea, en México denuncias violencia sexual por parte de las autoridades y las mismas responden con más de esta violencia y de otros tipos. Lo absurdo de querer apagar con fuego un incendio.

Ejemplos sobre este tipo de respuestas desmedidas por parte de las autoridades podemos mencionar varios más tan solo en este año: Yucatán[1], Estado de México[2],etc.

Ante este panorama queda claro algo: a las autoridades les preocupan las marchas feministas. Se ha visto con un uso excesivo de la fuerza, despliegues policiales exagerados, detenciones, disparos, encapsulamientos. Pareciera que preocupa más silenciar que atender las causas de las demandas del movimiento feminista y de las mujeres en general. Por ello es que, en este artículo redactado por Centro Femin y Gender Issues dividido en tres partes se analizará la actuación policial desde una mirada crítica y feminista.

El patriarcado y su tolete

La mujeres hemos sido excluidas sistemáticamente de los espacios de poder y de decisión, para ello, como señaló Janet Saltzman en Equidad y Género (1992), se ha utilizado rasgos culturales con los que se argumenta la “inferioridad” de las mujeres, a través de: 1) una ideología y su expresión en el lenguaje en el que se devalúa a las mujeres dándoles a ellas, a sus roles, sus labores, sus productos y su entorno social, menos prestigio y poder que el que se le da a los de los hombres; 2) significados negativos atribuidos a las mujeres y sus actividades a través de hechos simbólicos o mitos; y 3) estructuras que excluyen a las mujeres de la participación en los espacios de los más altos poderes.

Si bien hay esfuerzos por erradicar el uso de esos rasgos culturales y sus manifestaciones, sobre todo en lo que respecta al acceso de las mujeres a espacios de toma de decisión, posibilitando que, a través de acciones afirmativas, las mujeres entren en espacios que antes estaban destinados exclusivamente a los hombres, la realidad es que la discriminación con base en género sigue siendo una constante en prácticamente todos los ámbitos de la vida humana.

En el caso de las instituciones policiales, esta discriminación va más allá y llega a traducirse en actos de violencia que ocurren tanto fuera como dentro de la institución. Hacia afuera de la institución policial se pueden observar actos de control y represión en los que las fuerzas policiales, motivadas por los roles y estereotipos de género que fomentan la idea de subordinación de las mujeres, hacen de los cuerpos femeninos un campo de batalla simbólico y literal e imponen “castigos” que derivan en violencia sexual; ejemplo de ello es el Caso de Atenco[3].  

El caso de Atenco es paradigmático dado que, ante la falta de acceso a la justicia en instancias nacionales, 11 de las mujeres víctimas de tortura sexual por parte de agentes policiales, decidieron acudir a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), y en 2018 la Corte emitió una sentencia en la que determinó que estas mujeres habían sido víctimas de diversas formas de tortura física, psicológica y sexual en el marco de su detención, traslado y llegada al centro de detención; además, señaló que el Estado mexicano incumplió con su obligación de investigar con la debida diligencia y en un plazo razonable estos hechos. Finalmente, la Comisión determinó que el Estado mexicano afectó la integridad psíquica y moral de los familiares de estas 11 mujeres.

Es preciso señalar que este tipo de prácticas se han recrudecido en fechas recientes y son dirigidas con mayor intensidad hacia protestas ciudadanas de orientación feminista, de nuevo como una especie de “castigo” por no cumplir con los mandatos de género[4] asignados a las mujeres. [5]

Otro ejemplo de violencia por parte de la policía hacia las mujeres se refleja en la inacción estatal en lo que se refiere a la investigación de delitos de violencia de género, ya que reproducen la violencia y revictimizan a las familias de las víctimas, facilitando escenarios de impunidad que envían el mensaje de que la violencia contra la mujer es tolerada, con lo que se favorece la perpetuación y la aceptación social del fenómeno, incrementando el sentimiento y la sensación de inseguridad en las mujeres.

En lo que respecta a la violencia dentro de la institución policial, ésta ocurre cuando se reproducen actitudes misóginas y violentas hacia las mujeres que ahí laboran, de manera que ellas no reciben el mismo apoyo para su desarrollo profesional. En consecuencia no hay mujeres al mando y, con base en roles y estereotipos de género, se les excluye de ciertas actividades operativas; además llegan a sufrir acoso y hostigamiento sexual por parte de sus superiores jerárquicos y compañeros.

Ante esta evidencia, se puede argumentar que las corporaciones de policía en México, en su mayoría, tienen dinámicas de violencia contra las mujeres, lo cual encuentra su justificación al cimentarse en el sistema patriarcal que ha hecho uso de las fuerzas policiales (y las fuerzas armadas) como mecanismos de preservación del control y poder.

Las instituciones policiales, desde su modelo más tradicional, privilegian la masculinidad hegemónica y tienden a perpetuar actitudes misóginas, considerando a su vez como desviada toda conducta que no entre dentro del parámetro masculino aceptado. Todo ello sustentado en la noción de dominación de uno sobre otras y otros, lo que también conlleva al castigo de quien no asume y acepta esa relación de dominación-sumisión.

La policía es entonces una institución que, aunque está compuesta por hombres y mujeres, es percibida como masculina y no sólo eso, sino que ella misma se concibe con base en los estereotipos de género históricamente asignados a los hombres (protectores, dominantes, agresivos, insensibles, sexuales), es decir, se autoconstruye como una institución que protege a través de la fuerza y exacerba la necesidad de hacer uso de la violencia y la agresión como parte de la protección que brinda, lo que antagoniza con concepciones de cuidado, empatía, mediación, que han sido asignadas históricamente a las mujeres y quienes no están equitativamente representadas en las estructuras de mando de las corporaciones policiales.

Por todo lo anterior, nos encontramos frente al gran reto que significa la reconstrucción de una institución que históricamente ha estado alineada a estereotipos de masculinidad hegemónica, y que si bien lleva tiempo envuelta en procesos de sensibilización, capacitación y aprendizaje, la realidad es que aún no se puede decir que la perspectiva de género haya permeado a toda la corporación.

En este sentido, desde Centro Femin y Gender Issues creemos que resulta indispensable cambiar las nociones de seguridad para desvincularla de los estereotipos de masculinidad hegemónica, y confiamos en que para ello se deben incorporar enfoques inspirados en los feminismos. Estos enfoques deben pasar por la no violencia, el respeto y promoción de los derechos humanos, el desarrollo de conceptos de autocuidado y cuidado comunitario, el ejercicio de una ciudadanía plena de hombres y mujeres.

Artículo escrito por: Centro Femin y Gender Issues


[1] https://www.animalpolitico.com/2019/11/mujeres-detenciones-yucatan-protesta/

[2] https://www.animalpolitico.com/2020/09/policias-agreden-y-detienen-a-mujeres-que-tomaron-sede-de-la-codhem-en-ecatepec/

[3] El caso se originó a raíz de un conflicto con un grupo de floristas en el municipio de Texcoco, lo que derivó en un operativo policial en los poblados de Texcoco y San Salvador Atenco, Estado de México, los días 3 y 4 de mayo de 2006. En dicho operativo participaron alrededor de 700 agentes de la Policía Federal Preventiva (PFP) y 1,815 agentes municipales y estatales. Derivado de lo anterior, fueron detenidas 47 mujeres, quienes en su mayoría sufrieron tortura sexual cuando eran trasladadas a un centro de reclusión. De este grupo, 26 mujeres reportaron estas agresiones al ingresar al Centro de Prevención y Readaptación Social (CERESO) “Santiaguito” de Almoloya de Juárez, sin que fueran atendidas debidamente. https://centroprodh.org.mx/casos-3/mujeres-de-atenco/

[4] Entenderemos los mandatos de género como modelos de normatividad (masculinidad y feminidad) que impone el patriarcado sobre cómo debe comportarse un hombre y una mujer; y que están estructurados principalmente en torno a la sexualidad.

[5] Mujeres detenidas durante protesta en Cancún denuncian agresiones sexuales de los policías, disponible en https://www.animalpolitico.com/2020/11/mujeres-detenidas-cancun-agresiones-sexuales-policias/



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